17 mayo 2009

Neorótica

Hay cosas que me parecen absurdamente desagradables.
Vivo en un lugar extraño. Mucho ladrillo y parches cuadrados de pintura azul gris. Estoy rodeada de martillos, de perros encerrados, de podadoras con pulmonía, de cajas de música que suenan a gritos de niño, de sirenas que se disparan y cesan sin aparente razón... pero creo que eso es pura interpretación mía porque nunca veo nada, ni perros, ni niños, ni jardineros. Todo es invisible. Me asomo a la ventana y sólo ladrillos y parches cuadrados azules. De vez en cuando sombras con forma casi humana detrás de cortinas medio transparentes.
Las llaman “velos”, me dice a veces la hermana. Y al conjunto, lo llaman así, “conjunto”. A veces añaden: "conjunto cerrado". Y otras incluso "conjunto cerrado con portería".
Lo que pasa es que es sumamente desagradable. Es como las siluetas negras que recortan la pantalla cuando ya la película empezó hace como quince minutos. O como el intermitente zarandeo por los golpes en el espaldar de una persona o un niño o un algo que no logra quedarse quieto en el asiento de atrás. O como el juicio, pesado como un párpado con sueño, que cae rotundo y arrogante sobre el que está acusado de un crimen para el cual ese mismo juez se hace instantáneamente culpable por su propio juicio pesado como un párpado con sueño.
“Neurosis”, dijo el analista en voz baja, pero igual no fue difícil oírlo. Y sí, puede ser. A lo raro —que sea bajo o sublime— hay que buscarle etiquetas científicas o artísticas o en todo caso maneras de meterlo en el lenguaje común, lugar en una lista, ítem de una clasificación, casilla de un marco lógico, algo que lo explique porque hay tal necesidad de entenderlo que no se llega nunca a entenderlo del todo.
Y saber que nunca se entenderá del todo es tremendamente angustioso.
Absurdamente desagradable.