10 agosto 2011
20 junio 2011
un campo de silencio y soledad
Ahí está – gritaste de repente. Sólo duró un instante la pausa de tu índice recto señalando hacia el sur y, aunque a mi me tocó encoger los ojos y estirar el cuello para ver la pirámide, con el sudor esponjándome las cejas y las arrugas, tu échaste a andar muy decidido por entre la rastrojera, en línea recta, sin buscar un camino o prever un posible obstáculo.
Ibas como aguja de brújula, atraído por eso que llevábamos horas buscando, guiados o más bien protegidos por un hombre que no recuerdo cómo se llamaba pero sí que tenía un nombre como para personaje de cuento macondiano, y es que la situación era macondiana, válgame el cliché. Un cementerio abandonado, con rastros de reuniones nocturnas, botellas y fogatas aquí y allá por entre las ruinas del pueblo, y las tumbas mudas, enmontadas, separada por una especie de pudor natural, dándose siempre la espalda, tapadas por un silencio como una capa de ceniza caída siglos atrás y largamente tasada. Un campo santo cuyo desorden era en realidad el orden del dolor de los vivos. Los vivos siempre tan temerosos de su fallida memoria, poniendo marcapáginas en los libros y estelas de piedra en los recuerdos. Para no olvidar, no por nada más. Simplemente para no olvidar, o por lo menos, para recordar cuando es necesario.
En todo caso, echaste a andar con prisa y yo te miré un instante, fascinada por mi capacidad de sentir tu ansiedad, contagiada del fervor impaciente de la búsqueda, y de la fascinación del hallazgo.
A campo traviesa, por entre malezas mustias, no avanzábamos lo suficientemente rápido para tí, y es que parecíamos coágulos nadando en un ambiente húmedo, denso y caliente como sangre, embadurnados de una mezcla pegachenta de sudor y repelente. Ibas delante, yo ponía los pies en tus pisadas y el hombre nos seguía, sin preguntar, sin opinar. Fuimos a dar a una cerca que bordeaba una cañada hundida entre los dos campos, y alzaste los ojos hacia la pirámide como para verificar que seguía allí o para calcular el ángulo del desvío que nos tocaba hacer y poder así localizarla de nuevo después de salvados los obstáculos. Aceptaste perderla de vista entonces, para bajar hacia la cerca y la cruzaste, y me aguantaste los alambres, el de abajo con el pie, el de arriba con la mano. Cuando los tres estuvimos del otro lado y nos giramos para calcular el cruce del riachuelo, una manada de novillos perplejos parecía una multitud de puntos de interrogación. Se acercaron hasta donde su miedo y nuestra aprensión ponía la frontera de la proximidad entre hombres y bestias, y nos observaron atentos cruzar la asequia descalzos, elevando micrófonos y cables y cámaras por encima del pecho.
Remontamos un pequeño barranco, a paso demasiado lento para tí que alargabas el cuello buscando en el cielo vacío el rastro de la pirámide, y cuando ésta apareció de nuevo, repentinamente cerca, ya ibas casi al trote hacia ella. Yo me acerqué más despacio. El campo estaba vacío salvo por la pirámide levemente excentrada. No recuerdo el momento de acercarme a esa tumba vacía de tu padre y tu hermana. La recuerdo algo resquebrajada y la explicación de cómo era inicialmente y de cómo le habían aconsejado a tu madre que tuviera cuidado con los ladrones de tumbas. Recuerdo sobretodo haberme dado la vuelta y haber alzado los ojos del suelo, con la sensación de no haberlo hecho en varias horas, y haber recorrido los distintos planos del paisaje hacia el norte, donde en medio de la cordillera azul se abría el cañón perfecto de la avalancha.
Ibas como aguja de brújula, atraído por eso que llevábamos horas buscando, guiados o más bien protegidos por un hombre que no recuerdo cómo se llamaba pero sí que tenía un nombre como para personaje de cuento macondiano, y es que la situación era macondiana, válgame el cliché. Un cementerio abandonado, con rastros de reuniones nocturnas, botellas y fogatas aquí y allá por entre las ruinas del pueblo, y las tumbas mudas, enmontadas, separada por una especie de pudor natural, dándose siempre la espalda, tapadas por un silencio como una capa de ceniza caída siglos atrás y largamente tasada. Un campo santo cuyo desorden era en realidad el orden del dolor de los vivos. Los vivos siempre tan temerosos de su fallida memoria, poniendo marcapáginas en los libros y estelas de piedra en los recuerdos. Para no olvidar, no por nada más. Simplemente para no olvidar, o por lo menos, para recordar cuando es necesario.
En todo caso, echaste a andar con prisa y yo te miré un instante, fascinada por mi capacidad de sentir tu ansiedad, contagiada del fervor impaciente de la búsqueda, y de la fascinación del hallazgo.
A campo traviesa, por entre malezas mustias, no avanzábamos lo suficientemente rápido para tí, y es que parecíamos coágulos nadando en un ambiente húmedo, denso y caliente como sangre, embadurnados de una mezcla pegachenta de sudor y repelente. Ibas delante, yo ponía los pies en tus pisadas y el hombre nos seguía, sin preguntar, sin opinar. Fuimos a dar a una cerca que bordeaba una cañada hundida entre los dos campos, y alzaste los ojos hacia la pirámide como para verificar que seguía allí o para calcular el ángulo del desvío que nos tocaba hacer y poder así localizarla de nuevo después de salvados los obstáculos. Aceptaste perderla de vista entonces, para bajar hacia la cerca y la cruzaste, y me aguantaste los alambres, el de abajo con el pie, el de arriba con la mano. Cuando los tres estuvimos del otro lado y nos giramos para calcular el cruce del riachuelo, una manada de novillos perplejos parecía una multitud de puntos de interrogación. Se acercaron hasta donde su miedo y nuestra aprensión ponía la frontera de la proximidad entre hombres y bestias, y nos observaron atentos cruzar la asequia descalzos, elevando micrófonos y cables y cámaras por encima del pecho.
Remontamos un pequeño barranco, a paso demasiado lento para tí que alargabas el cuello buscando en el cielo vacío el rastro de la pirámide, y cuando ésta apareció de nuevo, repentinamente cerca, ya ibas casi al trote hacia ella. Yo me acerqué más despacio. El campo estaba vacío salvo por la pirámide levemente excentrada. No recuerdo el momento de acercarme a esa tumba vacía de tu padre y tu hermana. La recuerdo algo resquebrajada y la explicación de cómo era inicialmente y de cómo le habían aconsejado a tu madre que tuviera cuidado con los ladrones de tumbas. Recuerdo sobretodo haberme dado la vuelta y haber alzado los ojos del suelo, con la sensación de no haberlo hecho en varias horas, y haber recorrido los distintos planos del paisaje hacia el norte, donde en medio de la cordillera azul se abría el cañón perfecto de la avalancha.
12 abril 2011
o captain
07 agosto 2010
11 julio 2010
Capítulo X : Sín título

(...)
“Yo lo hacía dormido en el hotel…” – decía Karen.
Las películas y las novelas de amor, que tanto daño le han hecho al amor, conducen entre otras la creencia de que, cuando uno ama profundamente, puede sentir si algo malo le sucede a la persona amada. Pero Karen, esa noche, no había sentido nada, y cuando le contaron que Nils había recibido dos tiros en pleno pecho a la salida de la reunión que atendía en San José como líder regional para la defensa de una protección total de los parques naturales contra la amenaza del turismo, cuando le explicaron que había sido transportado al hospital mientras se ahogaba en su propia sangre porque uno de sus pulmones había sido perforado, y que al llegar al hospital los médicos no habían hecho más que pronunciar la hora de la muerte, y cuando a su pregunta contestaron que en la ambulancia Nils no había pronunciado palabra, ni llamado nombre alguno, Karen simplemente recordó su cena, junto con Mayarú que no quería comerse el calabacín rebozado, y las velas que había encendido a causa de una falla eléctrica demasiado habitual para alarmarse, y recordó haber levantado los platos de la mesa y arrojado los restos en la basura para no tener que sacarlos luego del fondo del platón, porque le daba asco tener que hacerlo cuando era tan sencillo vaciarlos antes, y recordó haber salido a la playa después de arropar a Mayarú, sabiendo que la niña se acostaba aterrorizada, como cada noche, en vilo por el grito gutural del mono aullador, y había mirado las estrellas, casi ausentes esa noche, y había observado una nube alargarse al horizonte pensando “debe de haber tormenta en alta mar”. Recordó haberse acostado y haber conciliado el sueño sin mayor problema, y dentro de todos esos recuerdos que vivía y revivía no encontraba en ningún lugar esa señal, esa sensación en sus fibras señalándole que, en esos mismos instantes, su marido recibía dos impactos que le atravesaban el tórax como punzones de fuego, quemándole la piel alrededor de los orificios, y caía sobre el asfalto de una calle, quizá su cabeza se golpeaba contra el borde de un anden, y ella no lo había sentido, ella no había sentido nada, ni siquiera algo leve, algo que pasara inadvertido en su momento pero que pudiese ser recordado luego, para poder decir “yo lo supe de inmediato" cuando las balas lo atravesaron, cuando cayó como tocado por un rayo de tinieblas, cuando los coágulos de sangre se amontonaron en tus bronquios y en tu tráquea, y cuando los tosiste para expulsarlos e intentaste tomar aire, un último aliento ahogado en el metálico trago de tu sangre ya negra, y lo supe en mis células y en las raíces de mis cabellos cuando tus ojos se tornaron de vidrio y tu cuerpo se distendió por fin, sin más esfuerzo, exhalando hasta por los poros aquel aire pobre que no llegaba hasta el pulmón sano, y lo sentí cuando tu corazón agotado rindió su último latido, con la potencia del intento final, que calentó todo tu cuerpo perdido y te dejó morir mecido en una sensación de placidez y de plenitud sin límites.
(...)
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